Category: Ilusión Pedagógica (page 1 of 5)

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Café Caminante: La mujer rota de Simone de Beauvoir

Café Caminante: La mujer rota de Simone de Beauvoir

XIV

-Recomiéndame un libro de poesía.
Como si la poesía fuese objeto de recomendación, o yo sujeto de recomendar. Lo hice, de mala gana, como hago todo aquello que me disgusta. Y me sentí sentado en el sofá como los libros de Cernuda, Lorca o Machado, muy recomendables y recomendados pero solitario, quizás hasta decir basta.
Basta, me dije.
La poesía es como ella; pura desilusión del papel a la realidad.

XVIII

No se puede parar el tiempo, pero sí se puede parar la vida hasta un momento dado y retomar el curso o comenzar uno nuevo.

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XVII

Cada dos semana le escribirá una carta que diga todo lo que la echa de menos, quizás con alguna mentira como: qué poco falta para verte o cuánto te sigo queriendo. Al tiempo estas cartas serán la cartografía de una biografía incoherente, de sueños inconexos, de desprovistos. Donde todo fue cada dos semanas, un instante de esperanzada profecía cada dos semanas.

XVI

Me gustaría saber de ti y de tus cosas, de tu maturalidad y sus aventuras, de noches de dolor y mañanas de alegría, del deseo contigo misma y con otros que seré yo al acecho… pero sin llegar a sabernos. Me gustaría que cuando vuelvas, pase lo pase, no sienta el paso anestesiado del tiempo. Me gustaría tomar café y no tener que decir: Se me olvidó el cuaderno, tampoco nos va a hacer falta. Y sí, decirte o escucharte, que da igual el ayer, pensemos la idea de mañana. Quizás, no. Seguro con besos y abrazos, y agarradas de…mano….siempre desde el convencimiento de que eres única y conectando decires con miradas.

XV

Es difícil. No, soñar y vivir, eso no. Es difícil soñar al tiempo que se vive, porque los sueños no están diseñados para la realidad. Por eso, ella no sufría, aunque cada día trataba de subir la cuesta. Yo, mientras la miraba, desde la alcoba en nuestro lecho cuando despertaba.

 

XIV

Aquella mañana me desperté como de costumbre, solo. Me levanté y fui a la rutina de cada mañana como aquella. Terminando la ducha, la vestimenta y, tras ella, el desayuno. Miré la hora y era perfecta para salir a caminar, aunque no saldría. Pensé que aquellos días, donde se recuerdan a los muertos, se valora más la vida y, aún más, los momentos que no se han vivido. Tal vez, nos inunda la sensación de algún día me celebrarán a mí y me habrá quedado por vivir tantas cosas: un viaje a Oriente, una conversación imprudente, un beso robado y otro regalado, unos vasos de alcohol en alguna taberna de mal aspecto y mucha, mucha más agua tomada en vena y expulsada por los ojos.

El asunto es que esperaba el momento de salir a ver la vida de nuevo, mientras me dedicaba a un pensamiento de lo que me quedaba por vivir. Entonces, suena la puerta. Al segundo, entra ella. Tras dejar el pan y poner la cafetera, me grita: ¿Ya desayunaste? En el mismo tono, respondo con un monosílabo afirmativo. Vuelve a preguntar, ahora: ¿No vas a salir a andar? La misma respuesta monosilábica en tono elevado.

Salgo y pienso que lo triste de la muerte es no haber aprendido a morir, aunque hay algo más triste y es no saber si tras la muerte podremos seguir aprendiendo.

 

XIII

Alguna vez has intentado mirar a lo lejos, le dije sin pensar cuál podría ser su respuesta. Ella me miró y me respondió monocorde: ¿Cuánto de lejos?

La observé, mientras le decía: Todo lo lejos que puedas hasta que no seas capaz de distinguir las flores que hueles cuando vas al prado junto a la casa de tu madre. No me contestó. Frunció el ceño y lo relajó segundos después. Así cuatro o cinco veces consecutivas. Seguí esperando su respuesta.

-Sabes ¿qué?-con una risa disimulada en su pregunta- Alguna vez he intentado mirar lejos y he visto como lo bello de lo inmediato se difumina. Pero cuando he mirado aquí y ahora, la sensación de perder el camino me aterra. En definitiva hay dos posibilidades,  sigues un mapa que así irás avanzando despacio dentro de las certezas de lo cotidiano o te suicidas ante el reto de andar sin ver tus pasos hacia una meta que tal vez sea el viaje a ninguna parte. Me gustaría tener la osadía de poder ver ambas a la vez, pero no puedo ¿y tú?

-Yo, yo…sólo hago preguntas.

 

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Fuente: Giphy.com

XII

Recomendar un libro. Sólo eso debía hacer en aquel momento.

Primer día que trato de resolver la tarea: hoy recomendaría Temblor de Rosa Montero, porque otra sociedad de mujeres y olvido es posible.

Segundo día que trato de resolver la tarea: hoy recomendaría Suicidios ejemplares de Enrique Vila-Matas, porque leer breve la incertidumbre es una buena opción.

Tercer día que trato de resolver la tarea: hoy recomendaría Como una novela de Daniel Pennac, porque leer tiene derechos y deberes que debemos conocer.

Pasa el tiempo, cada día es un libro.

Enésimo día que trato de resolver la tarea: hoy recomendaría  Confieso que he vivido de Pablo Neruda, porque las vidas de poetas son vidas que deben ser leídas.

Pasan más días, más recomendaciones que en cada día cambian.

Han pasado varios meses y aún tengo que recomendar un libro.

 

Fuente: Giphy.com

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XI

Cantaba acompañado de guitarra en aquel bello Teatro de Ciudad de México. Sonaba la música al volumen perfecto, ese nivel que te permite desconectar del ruido cotidiano y dejas distinguir cada sílaba de la letra. También la arquitectura acompañaba a la liberación mental. Mi deleite era doble: sonoro y visual. La experiencia era inmejorable, sólo cuestionable por el costo que supondría la renuncia de diversos cafés y dos libros de lectura placentera.

Ahora, ¿merecía la pena? Sí, cuando nada queda que perder de vital importancia más que dinero. Toda experiencia es rentable.

Suenan en este preciso momento los acordes de la siguiente canción, mi preferida. Sube al máximo mi sensación de confort. Pienso en ella, justo ahora. ¿Cómo estará?¿Tendrá frío?¿Quizás hambre?¿Hubiera disfrutado tanto de esto como yo? Y no encuentro una sola respuesta, a veces lo importante no son las preguntas, sino la atención en función a las respuestas.

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